En el fondo del médano había ya como un crepúsculo, mientras que en sus crestas reverberaban todavía los últimos rayos solares.
Bandadas interminables de aves acuáticas, que se retiraban á sus nidos lejanos, cruzaban por sobre nuestras cabezas, batiendo las alas con estrépito en sus evoluciones caprichosas, y nuestras cabalgaduras después de haberse refrescado, chapaleaban el agua de la orilla de la laguna, se revolcaban, mordían acá y allá las más incitantes matas de pasto y relinchaban mirando en dirección al Norte, con las orejas tiesas y fijas como la flecha de un cuadrante que marcara el punto de dirección, cuando llamando á los buenos franciscanos y á mis oficiales les comuniqué que había resuelto separarme de ellos.
El sentimiento de la disciplina no mata los grandes afectos, es mentira; pero hace que el hombre, reprimiéndose, se acostumbre á disimular todas sus impresiones, hasta las más tiernas y honrosas.
¡Cuántas veces á causa de eso no pasan por seres sin corazón los que se hallan sujetos á las terribles leyes de la obediencia pasiva, á esas leyes que en todas partes mantienen divorciado al soldado con el ciudadano, que contra el espíritu del siglo permanecen estacionarias, como monumentos inamovibles de esclavitud, sin que la marea generosa que agita al mundo civilizado desde la caída del imperio romano, las haya conmovido, y, que, por eso mismo, hacen al soldado tanto más grande, cuanto mayor es la servidumbre que le oprime!
Al recibir aquéllos la orden de formar dos grupos, de los cuales el más numeroso seguiría por el camino conocido del Cuero, y el más pequeño, encabezado por mí, tomaría el desconocido de la laguna del Bagual, algo como un tinte de tristeza vagó por sus fisonomías.
Nadie replicó, todos corrieron á disponer lo referente á la marcha nocturna. Pero yo comprendí que más de un corazón sentía vivamente separarse de mí, no sólo por esa simpatía secreta, que como vínculo une á los hombres, sea cual sea su posición respectiva, sino por ese amor á lo desconocido y esa inclinación genial al combate y á la lucha, propia de las criaturas varoniles, que hace apetecible la vida, cuando ella no se consume monótonamente en la molicie y los placeres.
Cumplidas mis órdenes y escritas las instrucciones correspondientes en una hoja del libro de memorias del mayor Lemlenyi, se formaron los dos grupos determinados.
Me despedí de éste, de los franciscanos, de Ozarowski, de todos en fin; repetí, como lo hubiera hecho un viejo regañón y fastidioso, varias veces la misma cosa, monté á caballo y eché á andar seguido de los cuatro compañeros que componían mi grupo.
El de Lemlenyi me precedía.
Los caballos que montábamos estaban frescos, de modo que trepamos sin dificultad á la cresta del médano, por la gran rastrillada del Norte.