Una vez allí, volvimos á decirnos adiós.

Lemlenyi y los suyos tomaron el ramal de la derecha, yo tomé el de la izquierda, que seguía el rumbo del Poniente, y gritando todavía una vez más:—¡cuidado con galopar!—le hice comprender á mi caballo con una presión nerviosa de las piernas en los ijares, que debía tomar un aire de marcha más vivo.

El entendido animal tomó el trote; mis dos tropillas pasaron adelante y el tan tan metálico del cencerro, vibrando sonoro en medio del profundo silencio de la pampa, animaba hasta los mismos jinetes haciéndonos el efecto de un precursor seguro.

Relinchos fortísimos iban y venían de un grupo á otro, como si los animales se dijeran: ¿por qué nos han separado?

Yo y los míos dimos vuelta varias veces, hasta que la distancia y las nubes de polvo hicieron invisibles á los que trotaban sin interrupción al Norte, á fin de poder hacer su primer parada en Lonco-uaca, aguada abundante y permanente, buena para apaciguar la sed del hombre y de los animales.

Probablemente, ellos hicieron lo mismo que nosotros; varias veces mirarían atrás á ver si nos descubrían.

¡Valientes compañeros! réstame aún decir antes de perderlos de vista del todo, que hicieron su travesía con felicidad, cumpliendo mis órdenes estrictamente, con bastante hambre y trotando consecutivamente dos días y dos noches, hasta llegar al fuerte «Sarmiento».

Los franciscanos sacudidos por el trote casi se deshicieron; á pesar de su mansedumbre lo calificaban de infernal, repitiendo más de una vez durante el trayecto: ¿por qué no galopamos un poquito?

Mis oficiales contestaban: primero, porque la orden es que la marcha se haga al trote; segundo, porque si galopamos no llegaremos en dos días.

El padre Marcos alegaba que su caballo era superior.