Las huellas de la última invasión que por allí había pasado, estaban aún impresas en el suelo cristalino.
Hice alto un momento, probé la sal y era excelente.
Los indios que viven más cerca de allí, la recogen en grandes cantidades y hacen uso de ella para cocinar, sin someterla á ninguna preparación previa.
Seguimos la marcha; un rato después estábamos en Agustinillo, acampados al borde de una linda laguna y al abrigo de grandes chañares.
Hice tender mi cama, porque hacía fresco, lo más cerca posible del fogón, y mientras preparaban un asado, estando mis miembros fatigados y hallándonos completamente fuera de peligro, traté de echar un sueño.
¡Imposible dormir!
Mi mente, predispuesta á la meditación, no se dejaba subyugar por la materia.
Pensaba en las escenas extraordinarias que algunos días antes eran un ideal, gozaba en la contemplación de ellas, y me decía en ese lenguaje mudo y grave con que nos habla la voz del espíritu en sus horas de reconcentración: la miseria del hombre consiste en ver frustradas sus miras y en vivir de conjeturas; porque la realidad es el supremo bien y la belleza suprema.
En efecto, entre el ideal soñado y el ideal realizado, hay un mundo de goces, que sólo pueden apreciar como es debido, los que habiendo anhelado fuertemente, han conseguido después de grandes padecimientos y dolores lo que se proponían.
¿La virtud y la felicidad son acaso otra cosa que la ciencia de lo real?