Y esto oyendo los indios recogieron sus lanzas y se acercaron á nosotros confiadamente.

Nos saludamos, nos dimos las manos, conversamos un rato, les devolvimos los cinco caballos que les acabábamos de robar, pues eran de ellos, les dimos algunos tragos de anís, toda la hierba, azúcar y cigarros que pudimos; mi ayudante Demetrio Rodríguez les dió su poncho viendo que uno de ellos estaba casi desnudo y por último nos dijimos adiós, separándonos como los mejores amigos del mundo.

—¿Qué indios son éstos?—le pregunté á Mora.

—Son indios de la Jarilla—me contestó.

—¿Y ése que no hablaba, que estaba bien vestido y se tapaba la cara, quién sería?

—Ése es Ancañao.

Ancañao era un indio gaucho que estando yo en Buenos Aires, había hecho una correría muy atrevida por mi frontera, llegando hasta la laguna del Tala de los Puntanos, donde tomó é hirió malamente á un cabo del Regimiento 7.º de caballería, que llevaba comunicaciones para el Río 4.º.

En esas pláticas íbamos, cuando la luna, rompiendo al fin los celajes que se oponían á que brillara con todo su esplendor, derramó su luz sobre la blanca sábana de un vasto salitral, de cuya superficie refulgente y plateada, se alzaron innumerables luces, como si la tierra estuviera sembrada de brillantes y zafiros.

Era un espectáculo hermosísimo; la luna, las estrellas y hasta las mismas opacas nubes, se retrataban en aquel espejo inmóvil, haciendo el efecto de un cielo al revés.