Poco tardamos en encontrarnos.

Era gente de Baigorrita que salía á recibirme.

Hicimos alto, destacamos nuestros respectivos parlamentarios, cambiamos muchas razones, y formando un solo grupo nos lanzamos al gran galope.

Otros polvos que se alzaron en la misma dirección de los anteriores, anunciaron que Baigorrita venía ya.

Yo no podía olvidar que conmigo venían los franciscanos y que me había comprometido á que volvieran á su convento sanos y salvos. Veía por momentos el instante en que daban una rodada y se rompían el bautismo. Recogí la rienda á mi caballo, acorté el galope y seguimos al trote.

Baigorrita se acercaba como con unos cincuenta jinetes. Estábamos á la altura de la casa del capitanejo Caniupán, amigo ranquelino que había conocido en la frontera; indio manso y caballero, de los pocos que no piden cuanto sus ojos ven.

Baigorrita no anduvo con las ceremonias imponentes de Ramón, ni con los preámbulos fastidiosos de Mariano Rosas. En cuanto nos pusimos á distancia de podernos ver las caras, hicimos alto.

Se destacó solo, y yo también.

Picamos al mismo tiempo nuestros caballos, y sin más ni más, nos dimos un apretón de manos y un abrazo, como si fuera la milésima vez que nos veíamos.