El grupo que venía y el que iba se confundieron en uno solo.

Galopábamos y conversábamos con Baigorrita, sirviéndole á él de lenguaraz, Juan de Dios San Martín, un chilenito, de quien hablaré en oportunidad, y á mí, Mora.

Baigorrita no habla en castellano, lo entiende apenas.

En media hora más de camino estuvimos en su toldo.

Allí nos esperaba alguna gente reunida.

Todos me saludaron, lo mismo que á mi gente, con respeto y cariño.

El toldo de Baigorrita no tenía nada de particular. Era más chico que el de Mariano Rosas, y estaba desmantelado.

Entramos en él. Mi compadre no brillaba por el aseo de su casa. En su toldo había de cuanto Dios crió, muchos ratones, chinches, pulgas y algo peor.

Á cada rato sorprendía yo en mi ropa algún animalito imprudente que, hambriento, buscaba sangre que chupar. Para un soldado esto no es novedad. Los tomaba y con todo disimulo los pulverizaba.