—Son las botas de las manos.

Los ojos del indio brillaron como si hubiera hecho un descubrimiento, y agregó:

—Cosa linda, güena.

Y esto diciendo, me agarró las dos manos con las suyas.

Retiré una, desabroché el guante y ayudándole á tirar me lo saqué.

El indio se lo puso en el acto.

Hice lo mismo con el otro y se lo di.

También se lo puso, tenía las manos más chicas que yo, así es que le hacían el efecto de un par de manoplas, de ésas que suelen verse colgadas en las vidrieras de las armerías.

El indio parecía un mono. Abría los dedos y se miraba las manos encantado.

Le dejé gozar un rato, y cuando me pareció que había estado bastante tiempo en posesión de mis guantes, se los pedí para ponérmelos.