—Eso no dando—me contestó.

La jugada no estaba en mis libros. Perder mis guantes equivalía á estropearme las manos, sin remisión.

—Te los compro—le dije, viendo que cerraba los puños como para asegurar mejor su presa.

Hizo un movimiento negativo con la cabeza.

Metí la mano al bolsillo, saqué una libra esterlina y se la ofrecí, creyendo picar su codicia.

Tomóla; pero no me dió los guantes.

—Dame las botas de las manos—le dije.

—Eso no vendiendo—me contestó, llevando á la Junta como cristiano.

—Entonces dando la libra esterlina—le dije.