Me miró como diciendo para sus adentros: Este hombre, es un hombre.

Mis contrastes le seducían. La dulzura, la aspereza, la calma y la irascibilidad hablan muy alto á la imaginación de un salvaje.

—Tráeme mi navaja de barba—le dije á Rufino.

Salió.

—Compadre—continué, dirigiéndome á mi huésped,—le voy á hacer un regalo; veo que usted se afeita.

No contestó, porque no entendía. Los lenguaraces se habían retirado. Llamó á Juan de Dios San Martín. Entró éste y junto con él Rufino, trayendo la navaja y el asentador, que tenía cuatro faces, una con piedra.

Tomélo, y haciéndole ver á mi compadre cómo se asentaba la navaja, le di ambas cosas.

Las tomó, y viendo primero si se adaptaban al bolsillo de su tirador, las colocó en seguida en él.

Salí del toldo. Me mudé la ropa, después que Carmen me ayudó á eliminar los intrusos que se habían guarecido en mis cabellos; di un paseo porque tenía necesidad de respirar el aire libre y puro del campo, haciendo fuego con el revólver sobre algunos caranchos y teruteros; y al rato volví al fogón para acabar de disipar con café los efectos del aguardiente.