No contestó; no podía oírme. Lo calculaba.
Entonces, fingiendo un enojo terrible, me incorporé súbito y grité con todas mis fuerzas:
—¡Rufino! ¡Rufino!
Rufino contestó de lejos:
—Voy, señor; y entró volando en el toldo.
—¿Por qué no venías?
—No había oído.
Le apostrofé.
Mi compadre fumaba tranquilamente su pipa, rodeado de sus tres hijos menores dormidos.