Y en la sierra de Córdoba hacen igual cosa. Está más cerca y la excursión sería más pintoresca.
Mi ahijado se quedó dormido.
Le acomodé la cabecita sobre uno de mis muslos y le dejé quieto.
Las visitas se fueron retirando.
Algunas se echaron, quedándose dormidas.
Yo, siguiendo mi plan de hacerme interesante, las imité. ¡Qué había de dormir! Era imposible. Cuerpos extraños al mío, me tenían en una agitación indescriptible.
Me quedé no obstante en el toldo haciendo que dormía.
Ronqué.
Mi compadre impuso silencio. Debía mirarme con placer.
De repente llamé con voz trémula y débil á Rufino Pereyra.