—Dos días y medio.
—¿Y habla castellano ese hombre?
—Sí, señor.
Aquí interrumpí el diálogo con el hijo de Colchao, y dirigiéndome al otro, le dije:
—¿Conque te estabas haciendo el zonzo?
No contestó.
—Habla, imbécil—le dije.
—Tengo vergüenza—me contestó.
—Has de ser algún bandido—repuse, y dándole las espaldas, les dije en voz baja á mis ayudantes:—averígüenle la vida.
Iba á retirarme, pero se me ocurrió una pregunta esencial. Se la hice.