—¿De dónde eres?
—De Patagones.
—¡Ah!—dijo mi ayudante Rodríguez,—á mí me has dicho hace un rato que chileno.
—Y á mí, no recuerdo quién, que de Bahía Blanca.
—Sí, ha de ser algún pícaro—les contesté.
Y esto diciendo me dirigí al toldo de mi compadre.
Estaba como le había dejado, en la misma postura, seguía picando tabaco con la navaja y hablaba con Juan de Dios San Martín.
Me senté, y le hice preguntar por el lenguaraz quién era el desconocido.
Me contestó que no sabía, que lo había visto; pero que había creído que era de mi gente.