Juan de Dios San Martín dijo que él no había reparado en semejante hombre.
Le observé á mi compadre que cómo había podido tomar por hombre mío un rotoso como ése.
Se encogió de hombros, y le ordenó á San Martín que averiguase quién era, de dónde venía, qué quería.
San Martín salió.
Yo me eché en el suelo, como en un mullido sofá.
Mi compadre siguió imperturbable picando su tabaco.
Estuvimos en silencio, mientras San Martín indagó lo que queríamos saber.
Juan de Dios San Martín era el lenguaraz de mi compadre, su secretario, su amigo, sirviente y confidente. Varias veces como representante suyo estuvo en el Río 4.º.
Es un roto chileno, vivo como un rayo, taimado y melifluo; que sabe tirar y aflojar cuando conviene. Tiene treinta años y sabe leer y escribir perfectamente bien. Tenía varios libros, entre ellos un tratado de geografía.
Como su cara hay muchas. No tiene nada de notable. Es blanco y de sangre pura. Según él, está entre los indios para rescatar algunos parientes mendocinos. Será ó no verdad. Yo sólo sé que estando en el Río 4.º entre varias cautivas, que me mandó Mariano Rosas, que entregué al padre Burela, venía una de unos diecisiete años, que se decía prima suya y que le estaba muy agradecida.