—¿Y cómo es—le pregunté,—que ustedes no se fijan en los que vienen y están una porción de días comiendo en sus casas?
—Aquí viene el que quiere, compadre—me contestó.
—¿Y si vienen á espiar?
—¿Y qué van á espiar?
—Pero lo que ustedes hacen.
—Nosotros hacemos toda la vida lo mismo.
Le hice una seña á San Martín, salí del toldo y me siguió.
Mi compadre continuó picando su tabaco, le quedaba aún un rollo tucumano.
San Martín me había servido con lealtad en otras ocasiones. Le encargué que tomara más informes sobre el desconocido, y se marchó.
Al separarse de mí, el padre Marcos vino á decirme que aquél me pedía una camisa y unos calzoncillos, hierba, tabaco y papel.