Todo se me había concluido. Pero donde hay soldados no faltan jamás corazones desprendidos y generosos.

Llamé un asistente y le dije que me buscara entre sus compañeros una camisa y unos calzoncillos, y todo lo demás que pedía el desconocido.

Hizo una junta: á éste pidió una cosa, á aquél otra, al uno yerba, al otro azúcar, tabaco y papel y volvió al punto con la contribución.

Le di todo al padre Marcos, y el buen franciscano se fué muy contento, llevándoselo todo á su protegido.

Me senté á descansar en un diván que con caronas y ponchos me improvisaron los soldados.

Dormitaba, cuando oí un tropel de caballos y una voz de indio que con acento de embriaguez preguntaba:

—¿Dónde está ese coronel Mansilla?

Hablaba con los que estaban detrás de la cocina.

—Ahí—le contestaron.