Un jinete indio se me presentó, pisándome casi con las patas del caballo.

Le reconocí en el acto: era Caiomuta, y viendo que estaba ebrio le miré con afectado desprecio y no le dije nada.

—Vos, coronel Mansilla—gritó el bárbaro, clavándole ferozmente las espuelas al caballo, rayándolo y levantando una nube de polvo que me envolvió.

Creí que iba á atropellarme.

Callé, me puse en pie y en ademán de defenderme.

—Vos, coronel Mansilla—volvió á gritarme.

—Sí—le contesté secamente.

—¡Ahhhh!—hizo.

Permanecí en silencio, y como se retirara unos cuantos pasos, avancé sobre él, cubriendo mi frente con el fogón que presentaba el obstáculo de unos grandes montones de leña.

—¿Vos amigo indio?—me dijo.