—Sí—le contesté, y avancé para darle la mano.
Me rechazó, diciendo:
—Yo dando mano, amigo no más.
—Yo soy tu amigo.
—¿Por qué entonces midiendo tierra, gualicho redondo?
Gualicho redondo era mi aguja de marcar óptica, de la que me había servido infinidad de veces, en la travesía del Río 5.º á Leubucó.
—Eso no es para medir tierra—le contesté.
—Vos engañando—repuso.
—Yo no miento.