—¿Y entonces qué haciendo gualicho redondo?

—Era para saber el rumbo, dónde quedaba el Norte.

—¿Y para qué haciendo eso, teniendo camino y baqueano?

—Porque cuando ando por los campos me gusta saber derecho adónde voy.

¡Winca! ¡winca!—murmuró. Y en voz alta y volviendo á rayar el caballo, en círculos concéntricos para lucir la rienda del animal y su destreza, gritó: ¡engañando!

Llegaron varios indios, hablaron á un mismo tiempo y rodeándome me dijeron:

—Dando camisa.

—No tengo—contesté secamente.

Caiomuta, con ojos mal intencionados me echó encima el caballo, balanceándose sobre él con dificultad, y me dijo:

—Vos rico, dando, pues, pobres indios.