XVI

Un día, tarde ya, casi a la hora de comer, encontré a Blanca, sola, en la salita donde acostumbraba a pasar el día, cuando no salía. Al verme entrar por la pieza inmediata, dio un grito de sobresalto, se puso pálida y dejó caer el libro que leía.

La saludé y me incliné para recogerlo; al dárselo, abrió los brazos. Comprendí el movimiento y le dejé caer el libro suavemente sobre las faldas.

—¡Qué susto me ha dado!—me dijo,—estoy tan nerviosa, que todo me da miedo...

—¿Y su marido?—le pregunté, aparentando no interesarme por su sobresalto.

—No sé—respondió.—¿Conoce este libro?—agregó, indicando con un simple gesto el libro que mantenía sobre sus faldas.

—No; ¿qué libro es?

—Lea su título...

—No puedo leerlo...—y en efecto, no era posible leerlo, porque el libro había caído dado vuelta.

—Pero dele vuelta—me respondió, siempre con los brazos levantados...