Me levanté, y con la punta de los dedos, volví el libro para leer el título.
—Lea—me dijo.
—Leí; Monsieur, Madame et Bebé.
—¿Conoce?—me preguntó, con una muequita llena de coquetería.
—¡Oh! sí, es un poco antiguo ya—le dije. Blanca se mordió los labios; pero, dominándose y con un semblante lleno de aparente placidez, tomó al fin el libro y lo puso sobre una pequeña mesa de felpa que tenía al lado.
—Sabe que usted es el más orgulloso de mis amigos—me dijo, con un tono resuelto.
—Yo, ¿por qué?
—¡Ah! sí—continuó;—usted no es el mismo que antes para mí, y mire, todos los hombres que vienen a esta casa, me contemplan, me adulan y me cortejan; pero usted es un indiferente en casa.
—Señora—le contesté, riendo,—usted está bajo la influencia de la lectura de Droz.
—No se ría. ¿Se acuerda usted ahora dos años? Yo soy la misma mujer de entonces. ¿Cree usted que me he casado con el hombre que es mi marido, queriéndolo?...