—Sí, señor, aquí es—repuso Alejandro.
Mi tío, a quien ya se habían acercado el hombre y la mujer, seguidos de los niños, que nos miraban curiosamente, les hacía no sé qué encargo doméstico que Blanca le había encomendado para ellos, y la mujer parecía oírlo con cierta duda y extrañeza.
—¿Pero usted es el marido de doña Blanca?—le dijo al fin, como expresando cierta vacilación.
—Vamos a ver, ¿cuál de los dos será?...—le contestó mi tío señalándome y señalándose.
—Será ese mozo—replicó la mujer,—y como yo le dijera que no, permaneció sonriendo, con la desconfianza propia de una persona a quien la quieren hacer víctima de una broma.
El hombre, callado, parecía participar de la desconfianza de su mujer.
—Pero, vamos a ver—recomenzó mi tío,—¿les parece que soy muy viejo para mi mujer, no es verdad?
—¡Ah! no es eso solamente—dijo el paisano, con cierta inocencia;—es que aquí ha venido la señora con otro señor, y nosotros hemos creído que ese era su marido.
Una sombra instantánea obscureció la fisonomía del viejo y una palidez mortal invadió su semblante. A mí me pasó algo análogo; la voz se me ahogó en la garganta, y viendo que se prolongaba aquella situación, de la que las gentes del rancho no se daban cuenta, les dirigí dos o tres palabras triviales, como para salir del paso y le di orden a Alejandro de dar vuelta. Este no se la dejó repetir, porque, listo y alerta como era, se debió dar cuenta en un segundo de la situación por que atravesábamos, y puso los caballos en movimiento.
Mi tío dejó hacer, y se hundió en un profundo silencio, pero al llegar a la barranca de la Recoleta, donde nos detuvimos—exclamó suspirando—¡dichosos los que han muerto!