Y como yo pretendiera objetarle, me interrumpió, diciéndome en voz baja y acongojada.
—Mi hija, sólo mi hija me atrae a la vida...
Llegábamos a casa en el momento mismo que entraban Fernanda y Blanca después de una batida por las mejores tiendas de lujo. Madre e hija estaban lindísimas como de costumbre y vestidas con una suprema elegancia. Fernanda me estrechó la mano y Blanca acometió a su marido con los mimos y las zalamerías con que acostumbraba a hacerlo siempre delante de los extraños. Mi tío subía la escalera envuelto en una reserva absoluta mientras que su mujer no cesaba de contarle todo lo que había visto y comprado en el día, en trapos y alhajas, colgándosele del brazo y representándole toda una comedia de cariños digna de una nieta que pretende engañar al abuelo. Subimos y entramos en el salón. Fernanda se me quejaba de la indiferencia de su yerno y yo procuraba imitar a mi tío tratando de no dejarme entusiasmar por la cháchara de aquellas dos señoras. Mi tío entró en los cuartos interiores, preguntando por su hija, y Blanca, notando que la indiferencia de su marido aumentaba, lo abandonó, y, furiosa, iracunda como ella solía ponerse cuando alguien le contrariaba sus gustos y sus caprichos, se volvió al salón donde yo me había quedado con la madre, y clavándome sus ojos claros y penetrantes, con una mirada llena de desdén, me dijo, señalando las habitaciones interiores donde su marido había desaparecido.
—¡Eso, eso se lo debo a usted... le doy las gracias!
—Blanca—le contesté,—no entiendo lo que usted me dice, no sé si es un cargo...
—Yo no necesito explicaciones—me repuso con un mal modo marcadísimo.—Lo mejor sería no vernos nunca...
—Eso no—le repuse,—no la complaceré...
—¡Qué! usted me reta—exclamó atropellándome con los puños crispados.
En ese momento Fernanda, excitada también, se ponía de pie, pronta para entrar en la escena que se preparaba.
—No—dije a Blanca en voz baja,—siempre que usted no me amenace.