—¡Largá el peso!
—Ahí va, don Jacinto, ahí va, agárrelo, ahí va—y Caparrosa tiró su peso con tal maestría, que don Jacinto lo cazó en el aire, ni más ni menos que un gato caza una mosca al vuelo.
Caparrosa tomó el boletín y trató de descolgarse de la ventana; pero mi tía, que ya había conseguido abrirse una brecha y tomar posiciones, le gritaba:
—No te bajes, muchacho, no te bajes, cómprame a mí otro, espera—y diciendo y haciendo, forcejeaba su ridículo que se obstinaba en no abrirse, hasta que, después de mucho forcejear, pescó un peso, y estirando todo cuanto le fue posible el brazo derecho, lo alcanzó a Caparrosa que continuaba trepado en la ventana.
—Otro, don Jacinto, otro boletín para la señora de Berrotarán: ¡Pshit, pshit, don Jacinto! ¡Otro boletín!—seguía gritando y accionando Caparrosa con la única mano libre que le quedaba en su envidiable posición de la reja.
—Largá el peso—volvió a contestar don Jacinto.
—Ahí va, ahí va el peso, barájelo—y Caparrosa tiró el peso, y don Jacinto lo volvió a cazar en el aire.
Caparrosa se descolgó por fin de la reja con sus boletines, y junto con él, mi tía y yo comenzamos a forcejear para abrirnos paso a través de la multitud.
Al cabo de unos minutos salía mi tía bañada en sudor de aquel combate; y acomodándose la gorra sobre los bandeau, entraba triunfante en lo de Bringas con un boletín en la mano.
—¡Triunfo completo; aquí está, véalo, léalo usted!