Don Narciso tomó el boletín, mi tía se sentó en una silla y los demás circunstantes rodearon al lector. Don Narciso leyó con voz conmovida. La victoria era completa. A la lectura de cada nombre de guerrero, las exclamaciones de júbilo de los oyentes interrumpían al lector.
De repente, la frente de don Narciso se nubla, mira a mi tía, mira a los demás circunstantes, levanta al cielo sus ojos, y, con la voz más quejumbrosa y desgarrante, exclama:
—¡El Conde romano, muerto!
—¿El Conde romano? ¿Qué ha leído usted? ¡No puede ser! ¡Debe usted haber leído mal!—exclamaba mi tía sumamente afligida.
—Sí, señora, sí, lea usted, vea: «tenemos que lamentar por nuestra parte la muerte del joven Conde romano...»
—¡Ah, qué lástima de joven! ¡qué pena, qué dolor! Más de una muchacha se va a morir de tristeza: Joaquinita por ejemplo, la de Alegre, está perdidamente enamorada de él; en cuanto lo veía pasar a caballo, envuelto en su capa gris, aquella muchacha no se podía dominar y salía a la puerta de calle para verlo. ¡Pobre joven!
—Y la de Vargas, Victorita, lo mismo; aquí lo encontró una noche y no le quitaba los ojos—dijo don Narciso.
—¿Y qué será del ejército enemigo?—preguntó uno de los parroquianos.
—Se lo ha llevado el diablo, pues; eso no se pregunta.
—Deme mi boletín, don Narciso; me voy a casa a darle la noticia a mi marido, que estoy segura de que no sabe nada de lo que ha sucedido.