—Muy buenas noches, misia Medea. Ya sabe que tengo rica cinta celeste y blanca, y coco con los colores de la patria para que usted se sirva cuando regrese el ejército de campaña. Como usted ha de adornar su frente...
—¡De seguro! con usted y con toda su tienda cuento... ¡Ah! la muerte del Conde romano no me permite gozar de la noticia por completo.
—Vamos, vamos, Julio, y mi tía me indicó el camino para salir.
—¿Y este niño es de usted?—preguntó uno de los visitantes.
—No, señor, yo no he tenido nunca hijos; este muchacho es un sobrino de mi marido, hijo de Tomás, que murió hace tiempo.
—¿Qué Tomás?—preguntó a media voz el interpelante a don Narciso, sin que mi tía pudiese oírlo.
—Don Tomás Rolaz, hermano de don Ramón, aquel empleado de la contaduría... ¿no se acuerda usted, hombre?
—¡Ah! sí, ¿uno muy urquizista?
—El mismo.
—¡Ah! Adiós, amiguito—me dijo el señor curioso, que tanto se interesaba por saber de mí, tomándome del brazo y deteniéndome mientras mi tía ya pisaba la calle;—adiós... cuatro balas merecía éste como el padre—agregó en el mismo umbral de la puerta, frunciendo el gesto.