—Demos vuelta, vamos a ver lo que dice del otro lado del arco.

—Si no debe decir nada—me replicaba Alejandro...

—Sí, sí, vamos—y obligándolo a dar vuelta, me encontré con otro letrero.—No ves, porfiado,—le dije,—como aquí también han escrito.—¿A ver lo que dice?—Y después de mucho esfuerzo, deletreé:—«Se-pul-cro del úl-timo de los ti-ranos.—Des-truc-ción de los úl-ti-mos res-tos de la maz-horca».

—¡Ah, perros! ¿Eso han puesto?

—Eso, sí, ¿y qué tiene de malo? ¿Por qué te enojas?

—Porque todo eso es mentira, niño; es puro papel pintado, como todo lo que manda hacer el doctor Trevexo.

—Pues estás equivocado; ese letrero no lo ha puesto el doctor Trevexo, sino mi tía Medea: ella lo escribió el otro día y yo le oí decir que era para que se pusiera en uno de los arcos de la plaza.

—¡Ah, tigra! Sólo ella es capaz de tanta rabia—dijo Alejandro contemplando con ira el arco y levantando el puño en señal de amenaza.

Atravesamos la plaza y descendimos al Bajo por la calle de Rivadavia. Una inmensa turba, compuesta de gente de todas menas, llenaba la vereda y la calle, y se agolpaba contra la baranda de hierro de la muralla que da sobre el río.

Todos miraban el horizonte. El río estaba en bajante, y mucha gente curiosa ocupaba la playa, donde un enjambre de pilluelos saltaba y retozaba por las toscas. No faltaban personas graves que, armadas de anteojos de teatro, escudriñasen el río y consultasen con sus vecinos los puntos más remotos que se dibujaban en el límite del agua con el cielo.