—¿No le parece, señor, que han de venir por allí?—decía un hombre a otro que, valido de un pequeño anteojo de larga vista, interrogaba el horizonte con majestad.
El interpelado no contestaba nada, y parecía resuelto a emplear la más estudiada reserva con su interlocutor, que se mostraba sumamente interesado en trabar relación con él.
—¿Es telescopio ese?—insistió el oficioso.
El dueño del anteojo no contestó nada. Semiavergonzado el preguntón, mironos a todos los que rodeábamos al señor del anteojo, con cara de cretino como un individuo que se confiesa en una posición falsa.
Pero nuestro hombre no era individuo de ceder a dos tirones y reincidió.
—¿Me quiere dejar mirar un momento?
El dueño del anteojo tampoco contestó esta vez.
—¡Eh, señor!—repitió tocándole tímidamente sobre el brazo—¿me quiere dejar mirar?
El del anteojo sacó los ojos del vidrio, dio vuelta para ver quién le hablaba y contestó secamente:
—¡No!