El desairado trató de forjar una sonrisa para disimular.
Entretanto, había ganado posiciones junto a la reja del murallón donde estábamos, una señora gorda, con un peinado de bananas sobre el cual colgaba una mantilla española de chapa, metiendo codo a todos los obstáculos que había encontrado a su paso; la cara, iluminada por una capa de colorete recientemente aplicada, distribuía una sonrisa perenne por todas partes; y metida dentro de un vestido de moirée verde, inflado por un miriñaque movedizo y oscilante, parecía un montgolfier en el momento de elevarse.
Un lunar con pelo en la parte inferior de la cara daba a nuestra recién llegada un aire picaresco de coqueta retirada.
Acompañábanla dos muchachas de aspecto poco distinguido, pero llenas de arrumacos y perendengues, con unos cuerpos bien trazados, y unos bustos en los cuales la Naturaleza o el arte habían abusado con cierta insolencia de una inclinación marcada a la exuberancia. Las dos muchachas, oriundas del barrio de Monserrat seguramente, rayaban en los 20 o 22 años y penetraron en nuestro grupo, que ya se iba estrechando, metiendo una algarabía inusitada de gritos y risotadas cuyas causas no me podía explicar.
—Mira, mamá—dijo la mayor,—este caballero es tan amable, que te va a dejar mirar por el anteojo.
—¡Por Dios, Raquel! no molestes a ese señor... ¡qué va a decir de nosotras!—contestaba con un tono de aparente reproche la señora.
—¡Señor, señor! ¿quiere dejarnos ver por ahí?—insinuó la otra joven.
—¡Ah, no, por Dios, no se incomode usted!... Judit, por Dios, cállate—repetía la madre con un contoneo de cabeza continuo.
El del anteojo continuaba impasible como una estatua, como si nadie le hablase.
—Allá se ve un humo, allá vienen—gritó uno por allí cerca. La ola humana se agitó y se hizo un remolino; la gente se agrupó en la baranda; todos querían ver. Yo, prendido de Alejandro, trepado sobre sus hombros, dominaba la altura.