—Si usted me invita...

—No, no lo invito, pero quiero que venga—me repuso con firmeza.

—¿Usted lo manda?...—avancé yo extendiéndole la mano.

Valentina miró en derredor; nadie nos observaba; tomome la mano y oprimiéndomela con la suya:

—Lo exijo—me dijo a media voz.

—¡Valentina!...

—¡Adiós!—me contestó; y antes de poder dirigirle la palabra, diome la espalda y corrió cantando hacia adentro como una locuela; me asomé a la sala y vi desaparecer su vestido blanco en las últimas habitaciones de la casa.

No sé cómo me encontré en la calle.

La noche era espléndida; sobre un cielo sereno se extendía el vapor majestuoso de la vía láctea, semejante a una gran veta de ópalo sobre una bóveda de zafiro. La luna, ya en sus últimos días, atravesaba el espacio como una galera antigua; la fresca y tibia brisa del mar llevaba en sus ráfagas unas cuantas nubes blancas. El alma del mundo inundaba el espacio. Alcé los ojos al cielo, y absorto en el espectáculo de la noche, me pareció ver pasar a Valentina como una visión por el éter, huyendo de mí como huían aquellas nubes.

¡Nunca la había visto tan linda!