Sentía en mi mano el calor de la suya y en mi oído sonaba todavía el acento misterioso de su palabra. Vagué aquella noche por la ciudad, y cuando el silencio invadió la población, yo no sé cómo, me encontraba aún delante de los tres balcones de la casa de Valentina en muda contemplación, levantando castillos de España sobre esos andamios gigantescos que sólo los diecisiete años tienen privilegios para apoyar en el aire.
No dormí aquella noche, y vestido, echado sobre el lecho, esperé el nuevo día. A las nueve de la mañana entraba Martín en mi cuarto.
—Qué temprano te has levantado hoy—me dijo.
—En efecto, he madrugado—le repuse.
—¡Vaya un placer! ¿Vas a comer a casa?
—Sí, voy.
—¡Hola! ¿ya estabas prevenido?—me preguntó.
—Sí, Valentina me invitó anoche.
—¡No ha podido resistir esa muchacha!... ¿Sabes por qué te ha invitado?
—¿Por qué?—le pregunté sin disimular mi curiosidad.