—No te pongas pálido... ¡No te va a envenenar, hombre!—me dijo Martín;—te ha invitado porque hoy es su santo.
—¿El santo de Valentina?... Pues no te puedes figurar cómo le agradezco que se haya acordado de mí...
—Y con razón debes agradecérselo, porque a mi padre no le gustan hombres en casa; figúrate que los únicos invitados sois tú y don Camilo como novio presunto...
—¿Qué dices?—le pregunté dominando mi turbación con un esfuerzo supremo.
—Sí, pues; mi padre y mi madre creen que don Camilo es el modelo de los novios.
—¿Y Valentina?...
—Valentina no toma nada con seriedad; cada vez que la embroma, se ríe a carcajadas, y al pobre don Camilo le hacen tal efecto las risas que se queda como un muerto, de triste, siempre que mi hermana se ríe de él.
Sentí toda la rabia ponzoñosa de los celos... ¿Valentina de otro?... ¡Pero eso no era, no sería posible! Yo vencería, arrasaría todos los obstáculos, me haría amar por ella y ningún hombre me arrancaría la soñada felicidad.
Llegó la tarde; me vestí, y con Martín, que había venido a buscarme, nos fuimos a su casa. Mi bolsa era algo más que escasa y tuve que emplearla toda en un ramo de jazmines, blancos como el papel en que escribo y perfumados como el naciente y casto amor que embriagaba mi alma.
Eran las cinco cuando entrábamos en lo de Valentina; ella nos esperaba en la puerta de calle con un vestido de gasilla, blanco, cerrado por un cuellecito plegado, sobre el cual se destacaba su cabecita adorable y llena de inocente coquetería. Desde lejos nos divisó, y, al vernos, desapareció de la puerta, apareciendo unos segundos después, como si hubiese entrado para dar cuenta a sus padres de nuestra llegada. Martín y yo aceleramos el paso y llegamos a la puerta de calle en la que sólo ella estaba esperándonos. Martín le dio un beso en la frente y penetró precipitadamente sin darnos tiempo para seguirlo. Yo quise entregarle mi ramo calculando propicia la ocasión, pero ella no me dio tiempo.