—¡Qué olor a jazmines! ¿usted los tiene? ¡Ah, qué lindo, qué lindo ramo! ¿Es para mí?

—Sí, Valentina...—le contesté.

—¡Gracias, muchas gracias! ¿Sabe que no creía que usted viniese?—me dijo.

—¿Por qué?

—Por nada, porque pensaba que no habría hecho caso a la broma de anoche.

—Sin embargo, usted me exigió que viniera...

—¡Ah! ¿lo tomó usted como sacrificio?

—¡Valentina!... ¡Si yo pudiera decirle todo lo feliz que usted me ha hecho!

—Entremos, Julio—me repuso, poniéndose seria; y en ese momento la familia salía a recibirnos, y Valentina, abrazando a su madre, le decía:

—Mira, qué flores, mamá, ¿no es verdad que son divinas?