Valentina se había puesto el ramo en la cintura con una coquetería innata, y alborotaba toda la casa mostrando mis flores como una maravilla.
—¿Qué te ha regalado don Camilo?—le preguntó Martín.
—Un álbum con su retrato. ¡Si vieras qué cache está el pobre!
—Niña, no digas eso—le decía la madre.
—Sí, mamá, ¿por qué no lo he de decir? En vez de haberme dado alguna cosa útil, me sale ese zonzo dándome un álbum con su retrato, como si fuera tan buen mozo y tan joven.
—Venga, Julio, venga a la sala—agregó,—se lo voy a mostrar;—y llevándome casi de la mano, me condujo adentro y abriendo la primera hoja del álbum, me dijo:
—Vea, dígamelo con franqueza ¿se puede dar un hombre más cache?...—y prorrumpió en una carcajada...
En ese momento mismo Martín entraba en el salón.
—Mira que ahí está don Camilo, Valentina, no te rías; acaba de entrar.
—¿Sí? pues lo voy a ver para darle las gracias—y, dejándonos en la sala, atravesó el patio, donde don Camilo era recibido por los padres de Martín.