—¡Oh! broma de Martín; usted ya sabe lo que es don Pío y lo que es Martín.
—¿Pero sabe, Julio, que debe ser muy curiosa esa explicación?—agregaba sonriendo Valentina.
Yo callaba entretanto; toda la sangre me subía a la cabeza.
—Vea—me dijo—dicen que aquella estrella es la estrella del amor...—agregó señalando a Venus que titilaba como un diamante suspendido en el cielo.
—¿Quién se lo ha dicho a usted? ¿don Camilo?...—le pregunté.
—¡Ja, ja! con qué tono me lo pregunta usted... ¿Cree usted que don Camilo tiene tiempo para fijarse en el cielo?...
—¡Cómo no! ¿No se ha fijado en usted?
—¡Ay! que antiguo está usted, Julio, por Dios; eso es un requiebro... Retírelo, por Dios...—Y prorrumpió en una larga carcajada que me penetró en el pecho como un puñal.
—Valentina; ¿es cierto que usted se casará con don Camilo?—le pregunté en voz baja, pero resuelta.
—Eh, todo puede ser, pero lo que es por ahora no lo pienso.