Puede ser, ¿dice usted?...

—¿Y por qué no? Si no se presenta otro... me casaré con él...

—¿Sería usted capaz de casarse con un hombre a quien no quisiese?...

—Si él fuera capaz de casarse conmigo, ¿por qué no?

En ese momento la madre de Valentina se acercaba a nosotros; detrás caminaban su padre y don Camilo.

—Vamos a la sala—nos dijo.—Está muy fresca la noche...

—¡Tan pronto, mamá!...

—Sí, ven, tócanos algo...

Un momento después Valentina dejaba caer sus manos sobre las teclas y tocaba el Clair de Lune, esa profunda melodía de Beethoven en que cada nota parece el suspiro melancólico de un coloso.

Yo, de pie al lado de ella, miraba flotar sus manos sobre el teclado y buscaba la expresión de su rostro graciosamente inclinado, y de sus ojos, en los cuales se reflejaba instintivamente el sentimiento de aquellas frases sabias y poéticas a la vez que se elevan como los ecos de una plegaria... Por fin se extinguió la última nota y Valentina levantó la cabeza...