—¿Le gusta, don Camilo?—preguntó dirigiéndose a su presunto novio.

—No... yo no entiendo mucho de eso, a mí me gusta mucho la zarzuela.

—¿Has visto un imbécil igual?—me dijo al oído Martín.

—Cállate—repuso Valentina,—te puede oír.

Valentina se levantó del piano y se sentó a nuestro lado. Don Camilo, hombre de orden, se retiró temprano....

Mientras se despedía, yo había salido al balcón y allí me encontró Valentina que regresaba de saludarlo.

—Sabe, Julio—me dijo,—que lo noto muy triste y reservado conmigo hoy, ¿qué tiene?

—En efecto—le contesté, como tomando una actitud resuelta.—Estoy triste y reservado....

—¿Puedo yo saber la causa de su tristeza y el objeto de la reserva?....

Iba a decirle todo lo que sentía; llegaron las palabras a mis labios, y debió traicionarme mi fisonomía, porque ella hizo un gesto en el que yo adiviné toda su recelosa curiosidad y la alarma con que miraban sus grandes y húmedos ojos negros, pero en aquel instante, pensé en mi pasado, contemplé con la rapidez del relámpago mi presente, y el honor, ese frío guardián de las pasiones, selló mis labios.