—¡Qué espléndido vals!—me dijo,—bailemos, yo no resisto...

La enlacé estrechamente y la imaginación debió traerme, como una brisa en aquel momento, el suave perfume de Fernanda. Blanca reclinó su mejilla sobre mi hombro, el muelle contacto de sus senos estremeció mi pecho, tomele la mano con fuerza y rodeando su talle flexible y admirable, la danza lasciva nos arrebató en su torbellino. Blanca bailaba como una inglesa de la vieja estirpe; sin reservas, pero también sin el grosero materialismo de una mundana; de vez en cuando, los vaivenes ondulantes del vals en que los cuerpos se deslizan con la música, nos unían involuntariamente, y yo sentía ese estremecimiento inexplicable que produce la lucha de la timidez con la audacia, cuando el cuerpo de una mujer joven y linda toca y calcina esta miserable arcilla humana de que están hechos todos los seres desde Satanás hasta San Antonio.

El vals tocaba a su término; mi compañera se me había entregado completamente. En el mareo embriagador de sus últimos giros, columbré el rostro de don Benito, que del brazo de Fernanda nos miraba con una sonrisa mefistofélica, en el momento en que el eco de los violines se apagaba, y Blanca caía fatigada voluptuosamente sobre un sofá que la sostuvo y balanceó un instante en sus muelles y flexibles elásticos.

—Pero usted valsa como nadie... Yo no podría valsar con otro después de haber valsado con usted.

—Y bien, señorita, la cuenta es muy sencilla, bailemos todos los valses...

—¡Oh! ¿Y los compromisos?...—me dijo con cierta petulancia altiva.

—Es muy sencillo: los viola usted—le repliqué con igual tono.

—¡Me cuadra! Está hecho el trato.

En ese instante nos detenía un joven grueso, de lentes, rosado, rubio y lindo como un retrato al pastel, con un ambiente de insignificancia que se aspiraba de lejos.

—Muy buenas noches, señorita. ¿Quiere usted darme el próximo vals?