—No me es posible, doctor Bello, estoy comprometida—contestole Blanca con indiferencia.

—¿La cuadrilla?...

—Me fatiga bailar cuadrillas—replicole en el mismo tono.

—¿Entonces, los lanceros?...

—Menos, doctor...

—¿Entonces que quiere usted darme?—preguntó aquel desgraciado e incómodo pretendiente.

—Nada—se apresuró a contestar don Benito que en ese mismo instante llegaba a nuestro grupo.

El joven doctor tragó saliva lastimosamente, pero Blanca, reaccionando con generosidad en su favor, le dijo:

—Pasearemos esta mazurka, y señaló la pieza perdida en el epílogo del programa que comenzaba.

Seguimos con Blanca; paseamos la pausa y atravesamos el gran salón, en dirección al salón punzó de la calle Victoria. Al entrar en él, un grupo de hombres, entre los que estaba mi tío Ramón, saludó a mi compañera con lisonjas y elogios. Blanca se detuvo.