—Es usted la reina del baile. Lleva usted mis parabienes, Blanca...¡aaah!...¡está usted espléndida... aaah!—decíale el compañero de don Bonifacio, arrullando alrededor de Blanca.
—¡Oh! déjeme, doctor, que lo felicite por su folletín de El Nacional; ¡qué linda, qué linda página!
—¿La ha leído usted? ¡Linda era en efecto!... ¡qué lástima que mis ex-ministros no sean capaces de juzgarla; son todos unos civilistas... aaah!—dijo el doctor, mirando al señor de las Vueltas con marcada intención.
Montifiori a su turno conversaba con el doctor de las Vueltas a propósito de un caballero de las provincias que había pasado atufado y sin saludar al grupo.
—Pero algo debe tener con usted, querido Montifiori, porque conmigo cultiva la más cordial amistad.
—En efecto—decía un gallo viejo de monocle que formaba parte del grupo,—Il a l'air bien farouche.
—Ja, ja, mis buenos amigos; es el doctor Escañote, de Corrientes, un incorruptible, me detesta, ¿y saben ustedes por qué? Una noche en París este señor, que se había instalado con toda su prole en un mal hotel de cuarto orden, hacía la cola en la boletería de Variétés donde se daba la Femme à papá, una mononería de cosas cochonas en que Judie hace caer la baba. El buen señor, sin conocer las reglas de la cola, pretendió saltar su turno y pasar para romper la muchedumbre el muy sot; ¡claro! se armó un alboroto. Ese pobre señor tenía la desgracia de no hablar una palabra en francés, e interpelado por los agents de ville, contestaba con el acento peculiar de su provincia:
«¡No me lleven así!... ¡soy forastero, correntino, de la República Argentina!...» y qué sé yo qué otras cosas.
De repente, malheur me divisa, me conoce entre la ola de la muchedumbre y me grita:—«¡Señor Montifiori, paisano, compatriota, venga a salvarme, me quieren llevar a la comisaría!» Figúrese usted, doctor, yo iba en aquel momento nada menos que del brazo de ese espléndido Prince de Trois Lunes, un homme charmant, comme cicerone! Salíamos de Bignon, era imposible codearme con aquel rastaquère guaraní! El Príncipe notó sin embargo mis señas y me decía:—Comment! c'est un de vos compatriotes qui vous appelle, n'est-ce pas?—¿Qué podía yo contestarle?...—Bah! non pas, mon cher prince, c'est un parvenu, je ne le connais pas.
—¿Y cómo concluyó el incidente?—preguntó el señor del monocle.