—Pero muy sencillamente: cenando nosotros en el Café Anglais y mi correntino durmiendo en la comisaría.

—¡Ja! ¡ja!—y todos a una reían de la espiritual aventura de Montifiori.

—¿Y qué es de tu mamá, Blanca? no la veo—le preguntó a su hija.

—Ahí anda, con don Benito...—contestole su hija haciendo un gracioso movimiento de cabeza.

—¡Joven y linda como la hija! Mater pullchra, filia pullchrior!—exclamó el doctor, esbozando en su rostro moreno una sonrisa afectada y contoneándose siempre con las manos sobre el vientre.

—Bien, jóvenes—díjoles Blanca,—yo tengo sed, quiero tomar un helado; señor don Ramón,—agregó dirigiéndose a mi tío,—lléveme usted a tomar un helado. ¿Me permite usted, que lo abandone por su tío?

—Con tal que el próximo vals sea mío...—le contesté.

—¡Oh, bien claro! tenemos un compromiso formal—me contestó, y soltándome el brazo, lo entregó coquetamente a mi tío Ramón y ambos se retiraron del grupo.

—¿No es cierto que mi hija es charmante?—dijo el doctor Montifiori al verla retirarse.

—Es una señorita, mi querido doctor, llena de atractivos, y usted me permitirá que le reitere mis más entusiastas felicitaciones y plácemes sinceros—contestole el doctor de las Vueltas, empleando el tono más melifluo de su voz.