—Es una nereida, una verdadera hurí, tiene la hermosura de Dido y el paso de una diosa...—exclamó el otro doctor entusiasmado.
—Nosotros no tenemos papel que desempeñar en este baile... Mucha mamá demodada; y no es posible glisarles nada a las jóvenes sin que se ofendan. Por eso, mi querido de las Vueltas, es que yo amo a la mujer fácil... ¡Variedades!... Anoche Fleur d'Eglantier estuvo apetitosísima en la chansonette... ¡Quelle chatte!...
—¿Sí, y qué cantaba?
—Oh, mon cher! cantaba Mon Oscar!... estábamos en el avant-scène, con los attachés de la legación turca, y la muy ricotona me cantaba a mí solo todos los couplets... la sala ardía de envidia!... Yo estaba irreprochable... mis zapatos barnizados, mis guantes amarillos, un sobretodo de cuellos de silkskin... en fin, ¡espléndido! Subimos en mi cupé clarence y cenamos en el café de París soberbiamente... unas armoricains y un homard, que sólo ese Sempé es capaz de proporcionar en esta tierra imposible! ¡Qué mujer tan flirtante!... ¡Me llamaba Mon petit Pichonot!
En este instante mi tío Ramón regresaba con Blanca del buffet.
—Comienza nuestro vals, señorita, y yo lo reclamo. Tío, usted se queda con sus amigos y me devuelve la compañera, ¿no es así?—le dije a mi tío Ramón.
—Te la entrego, siempre que ella lo consienta—me contestó, y como Blanca se desprendiera sonriendo de su brazo, mi tío la dejó hacer y nos alejamos de nuevo de aquel grupo, que formaba uno de los más interesantes cuadros del salón.
El vals recomenzaba; entramos en el gran salón y nos perdimos en el mar de danzantes. Blanca había pasado de su interesante palidez a un encarnado suave, que revelaba la excitación involuntaria que provocan en la mujer la música y el baile.
El último vals lo había bailado con un ímpetu y un ardor de veinte años. Sus ojos claros, melancólicos y un tanto extáticos por lo general, se habían alumbrado con un fuego intenso; su boca entreabierta delataba esa seductora molicie que invade todo el organismo delicado de la mujer en las horas fugaces de la fiesta.
Nos sentamos en un sofá al concluir la pieza que habíamos bailado, y como yo tratara de guardar cierta distancia respetuosa, dejándose caer sobre el respaldo del asiento, e inclinando la cabeza graciosamente, me dijo: