—¿Por qué tan lejos? Acérquese usted más... tome mi abanico, deme aire, me sofoco...

Obedecí maquinalmente, y al acercarme rocé con suavidad su rodilla, que se adivinaba a través de la veste y sentí su contacto tibio y carnal.

—Más cerca, abaníqueme usted... así... ¡oh, ahora se respira!...—y suspiró con toda el alma, y, al suspirar, las curvas de su seno se desprendieron un instante del tul que las cubría y volvieron a dibujar su sobrio pero voluptuoso busto.

Yo me había acercado a mi compañera todo lo que el buen gusto permite.

Felizmente en aquel momento se organizaba una cuadrilla, y la fila compacta de las parejas nos cubría de las miradas de todo el mundo. Hay veces que un baile es más solo que un desierto. La música rompía en seguida y Blanca y yo, en nuestro sofá, gozábamos de la ventaja de que nadie se preocupara de nosotros.

—¿Y su padre? ¿hace mucho que murió?...—me preguntó con un acento lleno de ternura.

—Veintidós años, cuando yo era un niño...—le contesté.

—Es triste sin padre y sin madre, tan joven...

—Muy triste, Blanca.

—Y tanto más, cuanto que usted no tiene fortuna y la fortuna es hoy indispensable en Buenos Aires. Sin fortuna la vida debe ser abominable. Al menos, yo no la concibo.