—¿No cree usted en el amor?...

—¿Solo?—me observó vivamente.

—Sí—le dije mirándola con fijeza.

—¡No!—me contestó ella con indiferencia...—¿quiere ser mi amigo? ¿Quiere guardarme una confianza?... Yo soy una mujer rara, extraña. Yo no he amado nunca y no sé si lo que he sentido alguna vez, puede llamarse amor; pero jamás, aun amando mucho, me casaría nunca con un hombre pobre. Tengo horror, miedo, por la pobreza...

—Es triste—le repliqué;—ser de un hombre a quien no se ama, debe ser algo terrible en la vida...

—No lo creo. Se puede amar al marido, amarlo como a un amigo... al fin el marido no es otra cosa a la vuelta de diez años. ¿Cómo concibe que don Ramón, su tío, esté enamorado de misia Medea? ¡Imposible!

—¡No, Blanca! Pero, si usted se casa con un hombre a quien no ama, ¿cómo puede cerrar su alma para siempre, usted flor del mundo al fin?...

—¡Pero, no cerrándola, amigo mío!... Yo no sé si algún día me enamoraré, pero si tal cosa sucediera, soltera o casada, yo seguiría el imperio de mis pasiones...

—¿Casada, también?...—le pregunté, aproximándome todo lo más posible.

—¡Casada, también!—me contestó, y su aliento me embriagó el rostro. Aquella mujer estaba enloquecedora en aquel momento.