La noche, aunque de julio, era tibia, y los balcones que dan a la calle del Perú, estaban entreabiertos: nosotros estábamos sentados cerca del tercer balcón. Una pareja de esas que se forman con una mamá aburrida y un acompañante de compromiso, vino a sentarse a nuestro lado y nos consagró una mirada de indiscreta curiosidad. Yo aproveché la ocasión para invitar a Blanca a que abandonásemos el campo al enemigo y ella aceptó. Al pasar junto a la puerta del balcón, exclamó:

—¡Qué espléndida noche!—y se detuvo un instante sobre el marco de la puerta;—¡hace un calor tan insoportable en la sala!

—En efecto, la noche es soberbia—le dije;—¿salgamos al balcón?—agregué acompañando mi palabra con una ligera presión en el brazo que tenía enlazado con el mío.

—Nos criticarán...—me repuso.—Este mundo no ve tan bien estas cosas... pero a mí no me importa nada de él, salgamos;—agregó resueltamente, y tomando ella misma la hoja de la puerta, la abrió y juntos entramos en el balcón.

Eran las tres de la mañana, la luna en menguante ya, iluminaba los techos de la ciudad dormida, la calle estaba solitaria, los faroles de gas, con su luz roja, titilaban, formando desde la esquina del club hasta el Retiro una senda que parecía alumbrada por candilejas.

Al entrar en el balcón, alguna pareja nos había entrecerrado de nuevo las puertas y desde afuera, donde imperaba la sombra, hacía un contraste raro aquella sala profusamente iluminada en la que las diferentes tintas de los trajes, la música y el bullicio, producían un movimiento variado y constante.

—Nos han encerrado—me dijo Blanca...—¡es original!...

—¿Tiene usted miedo de estar sola conmigo?...—le pregunté.

—¡Miedo yo! jamás lo he tenido... ¿qué podría temer de usted?...

—¿De mí?... nada, sino que la admiración que usted me inspira me hiciera aprovechar este momento para cometer una locura.