—¿Qué locura?—me dijo, echándose para atrás con una sonrisa llena de voluptuosidad.

—Esta...—le contesté, y avanzando sobre el espacio del balcón hasta el rincón en que termina la reja, la impulsé suavemente, le saqué en un segundo uno de sus guantes, le tomé la mano, la llevé a mi boca, la rodeé con mis brazos el cuello y la cubrí de besos mudos e intensos que ella rehuía apenas, riendo entrecortadamente con cierta frialdad irritante.

El reloj del Cabildo golpeó en aquel momento las tres de la madrugada, y el eco de la campana se extinguió en el silencio de la noche.

—Sabe que tengo un hambre devoradora y que siento frío—me dijo,—entremos—y su rostro, al pronunciar estas palabras, no reflejaba la más mínima impresión por lo que acababa de suceder.

—Blanca—le dije,—¿me ama usted?...

—No lo sé—me repuso.—¿Para qué quiere saberlo? ¡Aunque lo amara, no me casaría con usted!...

—¿Por qué?

—Porque usted no tiene nada. Yo soy una mujer que amo mucho el mundo y el lujo... Necesito un marido que sea capaz de proporcionarme todos mis gustos... Deje que se presente, y, entretanto, ámeme, siga amándome, le daré todo mi corazón—añadió riendo a carcajadas. Y cambiando de tono y como adoptando una resolución, añadió:—tengo hambre, ¿lo oye usted? ¡lléveme a cenar!

Salimos del balcón y entramos de nuevo en la sala. Yo tenía la sangre en la cabeza, pero aquella mujer estaba fría como una lápida. En la escalera del comedor encontramos a don Benito que paseaba a Fernanda todavía.

—¿Qué tal, hijita mía—le dijo Fernanda pasándole la mano por la cara,—te diviertes?