—Ah, mucho, mucho, mamá—replicole Blanca.

—¿Y usted, señor don Benito?... Sabe que tengo que darle las gracias por el compañero. Es un maestro; baila el vals admirablemente...

—¿Nada más que el vals?—preguntó con sorna don Benito.

—¡Oh, nada más! Ninguna mujer chic baila otra cosa... ¿No es verdad, mamá?

—¿Por qué no?... Las cuadrillas son de regla en un baile.

—¡Para nosotros no! Nosotros hemos pasado las últimas en el balcón...

—¿Que dices, Blanca?—preguntó Fernanda con un acento de sorpresa.

—¡Sí, mamá, en el balcón!

Don Benito me miraba con una sonrisa llena de picardía, y yo hacía un esfuerzo supremo para contener mi emoción. Pero Blanca, con una resolución repentina, me arrastró fuertemente del brazo que me tenía asido y me sacó del descanso de la escalera en que nos habíamos detenido.

—Vaya, ¿qué tiene de particular?—preguntó Blanca retirándose y mirando a la madre...—¿Tiene algo de malo lo que hemos hecho?—y encogiéndose de hombros con un movimiento brusco, agregó con una carcajada: