Mi tío pedía a gritos un médico, el vinagre y los sinapismos; y mientras éstos se aplicaban abundantemente en las piernas ciclópeas de la señora, don Benito y yo corríamos en busca de todos los médicos del barrio. Las señoras de la vecindad, algunas de las cuales eran de la relación de la familia, concurrieron inmediatamente al conocer la desesperación de mi tío.

Todas ellas continuaron las aplicaciones de sinapismos en las pantorrillas, en la nuca, en la planta de los pies, en los muslos y en los brazos; le desprendieron la ropa y la colocaron en su cama.

Al bajar con don Benito la escalera para ir a buscar médico, nos chocamos con el pardo Alejandro en la misma puerta de la calle.

—¿Qué hay, niño; qué sucede? toda la vecindad está alborotada... ¿se prende fuego la casa?...—nos preguntó.

—Al contrario, creo que se apaga el fuego... tu patrona parece que acaba de reventar—contestó don Benito con la más perfecta calma.

—¿Quién? ¿la tigra?... ¡al fin!...—replicó el pardo con el acento de un hombre que se desahoga.

Volvimos en seguida; habíamos recorrido dos o tres cuadras y sólo habíamos encontrado cinco médicos que se prestaron con suma complacencia a nuestro llamamiento.

Mi tía seguía agravándose por momentos. Su respiración era estertorosa y penosísima; a cada respiración, los carrillos, privados de resistencia, se dejaban destender pasivamente, después volvían a quedar laxos y flojos.

Fuma la pipa—dijo uno de los médicos en voz baja;—esto es muy característico.

Mi tío oyó la observación y creyó sin duda que el facultativo preguntaba si la señora tenía la costumbre de fumar, pues respondió con grande asombro al ver el atrevimiento de aquel hombre: