¡Cuánta vana pompa!
Cómo podía medirse allí, junto con los mamarrachos de la marmolería criolla, la imbecilidad y la soberbia humanas. Allí la tumba pomposa de un estanciero... muchas leguas de campo, muchas vacas; los cueros y las lanas han levantado ese mausoleo que no es ni el de Moreno, ni el de García, ni el de los guerreros, ni el de los grandes hombres de letras.
Allí la regia sepultura de un avaro, más allá la de un imbécil... la pompa siguiéndolos en la muerte. Entre una encrucijada de nichos y sepulcros, me topé de manos a boca con mi ex-patrón, don Eleazar de la Cueva, que también había ido al entierro de mi tía.
—¡Señor don Eleazar! ¿Usted por aquí?
—¡Ah, señor! esperando mi hora, como todos—contestó,—hoy le ha tocado el lote a mi señora doña Medea... ¡Ah! ella es la feliz—agregó levantando las manos al cielo:—En este mundo no hacemos sino sufrir desengaños, joven... Vea usted, yo, por ejemplo, que he hecho tantos servicios y tantos sacrificios por la humanidad, aquí me tiene usted a mí... ¿de qué valgo, señor?
—Pero, señor, su posición, su fortuna...
—Señor, yo estoy en la calle, en la última miseria; me han arruinado, señor, usted lo sabe bien—al decirme esto, el rostro de don Eleazar se descomponía de tal manera que infundía la más profunda lástima.
Alineado a la salida de la Recoleta, soporté con todos los parientes de la muerta, los apretones de los concurrentes, que le dan la mano a uno como diciéndole: «¡eh! míreme usted, he asistido, no lo olvide,» y cuando terminó esta dura prueba de resistencia, di vuelta y vi a don Benito que me esperaba.
—¿Piensas ir con la parentela?—me dijo.
—¿Qué hacer?