—Ya todo ha concluido, ahora te vienes conmigo y mañana fuera el luto.
Y subimos al cupé, que rompió la marcha por entre los numerosos carruajes apostados en las extensas avenidas del cementerio. Eran las 4 de la tarde; el tiempo era espléndido; el cielo, azul y sin nubes, se reflejaba en el pedazo de río que se alcanza a ver desde la barranca de la Recoleta.
Las caras de los que volvían del entierro, demostraban bien claramente que no se habían conmovido mucho con la ceremonia.
Don Benito me propuso ir a comer al Café de París, después de mudarnos el traje negro, y yo acepté. Salíamos de la plaza de la Recoleta para entrar en la calle larga, cuando nuestro carruaje se cruzó con una victoria elegantísima, tirada por una fogosa pareja de alazanes y dirigida por un cochero de una corrección irreprochable. Repantigadas cómodamente en el amplio asiento, iban dos mujeres distinguidísimas, cuyo saludo apenas tuvimos tiempo de contestar.
Eran Fernanda y su hija: al verlas, ambos sacamos la cabeza por las portezuelas del cupé, en el momento en que ellas también daban vuelta.
—Van espléndidas—me dijo don Benito.—Diablo de vieja tu tía, hasta muerta nos persigue; si no hubiera sido por el tal entierro, ¡qué golpe habríamos dado yendo a Palermo!...
—Pero todavía hay tiempo—le repliqué,—retrocedamos.
—Y qué...
—¡Alejandro!—gritó don Benito al cochero,—a Palermo por el Bajo...